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La Rueda de la Victoria-Tomado de Radio Rebelde.

La Rueda de la Victoria-Tomado de Radio Rebelde.

A Michel Enríquez, Armando Johnson, José Luis Rodríguez Pantoja , Alexander Ramos, Carlos Yanes, Gervasio Miguel, Luis Felipe ¨El Corcel de Santa Fe” Rivera y al resto de los muchachos de ayer y hoy.

Por: Darío Alejandro Escobar

Pretemporada

La primera vez que fui al Cristóbal Labra yo tenía once años y nunca había entrado a un estadio de beisbol. En ese momento me pareció inmenso, aunque después supe que es el más pequeño de Cuba. Me llevó mi papá y nos tocó grada izquierda debajo de un furioso sol. Yo casi no lo sentí. Estaba emocionadísimo. Jugaban La Isla e Industriales y la primera imagen que recuerdo de un pelotero es a un suplente y jovencísimo catcher recibiendo pelotas del pitcher en el bullpen. Las mujeres le gritaban ¡Qué lindo! y los jodedores, a esa hora ya borrachos, le pedían que se sonriera. El recepetor era bien parecido, pero no gozaba de una buena dentadura. Fatal!!!

El Labra nunca fue de llenarse mucho. La Isla tiene poca gente, tan poca gente, que alguna vez pensé en la posibilidad de conocerlos a todos algún día si me quedaba a vivir allí. En esa época vivía en un lejano pueblecito llamado La Victoria, a treinta kilómetros de la capital municipal Nueva Gerona, solo relevante porque allí nació y murió la famosa vaca Ubre Blanca y porque cuentan sus más antiguos vecinos que fue el primer pueblo fundado por la Revolución en la ínsula. Mi padre, médico de profesión, me llevó a Gerona a una gestión en el hospital. Por el camino se encontró con un socio que lo invitó al estadio con una perga de cerveza. Lleva al chama, le dijo y mi padre, que andaba aburrido y tenía tiempo, me llevó. De ese juego no recuerdo el resultado. Solo los gritos de ruge leona de la afición local y a Alexander Ramos, Gervasio Miguel, Vladimir García, y a un negro zurdo –negrísimo brillante- que hacía cuatro o cinco flats de home a primera. Le decían el Corcel de Santa Fe y después me enteré que se llamaba Luis Felipe Rivera. Allí saludé a varios amigos del aula, grité yo también algún que otro improperio y hasta me imaginé como un gran tercera base siguiendo el ejemplo del ídolo, en aquel momento muy joven, del equipo pinero: Michel Enríquez. Me fui maravillado de aquel lugar. A partir de ese momento me hice fanático de la Isla.

Ese año el equipo quedó tercero después de perder el play off con Industriales. Igual hubo fiesta porque hasta ese momento era el mejor resultado en la historia del equipo en la Serie Nacional.

Temporada Regular

La segunda vez que asistí a un estadio fue al Latinoamericano. Con tres o cuatros veces el tamaño del Labra yo trataba de disimular mi asombro. Estaba en décimo grado en la Lenin y me fui clandestinamente con unos socios del grupo que había sido estimulado como el mejor de la unidad I. Era el grupo 12, de San Miguel del Padrón, donde coincidieron un amigo mío de la secundaria y Contino junior, hijo de Juan, Presidente de Gobierno de la Habana por aquellos años, el mismo que le enviaba guaguas para actividades extracurriculares y de quien no sé nada hace varios años. Quizás por ser tan dadivoso con su vástago.

Eran tiempos algo turbulentos para mí. Yo andaba regadísimo en la Lenin y en vez de estudiar me dedicaba a jugar ajedrez, leer furibundamente y recorrer las aulas coleccionado bellezas para seducir. A la hora de montarse, mi compinche y sus socios llamaron al profesor guía al otro lado de la guagua para que yo me escurriera hacia los asientos de atrás del vehículo e ir al estadio. Recuerdo que José Alejandro, así se llama mi amigo, me ayudó porque compartíamos simpatías por Santiago de Cuba, odiábamos a los Industriales y no quería ir él solo. Cuando llegamos al Coloso del Cerro el profesor se dio cuenta, me echó una descarga, y  prometió un consejo disciplinario. Pero me dejó entrar. Allí nos sentamos en el banco de Home Club y empezamos a hacer bulla.

Esa noche jugaba también la Isla contra Industriales y no había casi nadie. Mi amigo y yo nos la pasamos gritando cosas contra los peloteros locales y vitoreando los batazos pineros.  Le tocó pichear a Lázaro de la Torre por el equipo capitalino y a Carlos Yanes por los isleños. A la altura del noveno inning el visitante ganaba 8 a 1. Cuando solo quedaban dos outs un muchacho que estaba sentado detrás nosotros, parecía universitario por el pullover de los Caribe, nos soltó: Ustedes se salvan que este juego no vale nada y aquí no hay casi gente, porque si no no hubieran aguantado un inning en este banco con la gritadera esa. Nos lo dijo serio y con cara de pocos amigos. Como ya faltaba poco para el final del juego, el socio y yo nos callamos la boca y solo volvimos a gritar cuando salimos. Me monté en la guagua contentísimo. El futuro consejo disciplinario había valido la pena. Cuando llegué al albergue mis condiscípulos del grupo de la Isla me dijeron desde egoísta hasta loco pero a todos se le notaba la envidia sana. Al otro día, en solemne consejo disciplinario, me condenaron a un mes sin pase pintando las paredes de los pasillos durante los fines de semana. Aproveché para leer.

Play Off

Hace días que vengo siguiendo el desempeño del equipo pinero. Disfruté como todo buen oriental la barrida a los leones capitalinos en su propia casa. La Isla le jugó a Industriales robándole la base de la identidad del equipo azul: agresividad y garra. Aquí me di por satisfecho. Sinceramente no creí que pudieran con Matanzas y mucho menos después del resultado del primer juego. Lo sucedido en los próximos cuatro partidos solo es comprensible desde la poesía deportiva. Ninguna estadística, ningún pronóstico ni análisis es capaz de explicar este tipo de experiencias. Son historias, de las que se cuentan de abuelos a nietos. La Isla ha jugado tan bien que han hecho declarar a Víctor Mesa, mánager rival y derrotado, cosas como estas: “Y fíjate, yo felicito a los pineros, han jugado una pelota como a mí me gusta, agresiva, sacándole provecho a todo”.

Han alegrado la semana. Debo confesar que también he dado salticos delante del televisor. Como Yuri. Y hace rato que no me pasaba esto en la pelota. Con el tiempo he dejado de seguir la Serie Nacional. Las múltiples deserciones -y decepciones- en nuestro deporte preferido han hecho que me haya mudado al fútbol en los últimos años. A mí no me da pena decirlo. Pero los acontecimientos de estos días me han hecho volver a soñar. Yo quiero, anhelo, deseo que la Isla sea campeón de la Serie Nacional de Beisbol cubano. Ya Ciego tiene una. Será difícil porque los tigres tienen muy buen pitcheo y yo soy de los que piensa que cuando hay pitcheo no hay bateo. Ellos mismos lo acaban de demostrar dejando en la carretera al mejor equipo de la campaña a la ofensiva: Granma. La Isla tendrá que ser muy oportuna y jugar agresiva no, agresivísima, para tener una oportunidad.

No obstante, ya pasaron a la historia. Solo queda ver si pueden entrar al Olimpo de los campeones cubanos. Michel, Luis Felipe y los muchachos se lo merecen pero tienen que ganárselo. En cuanto a mí, creo que desde la Lenin, nunca más he ido al Latino. Al Labra tampoco he vuelto. Sin embargo, la Isla de la Juventud, ese pequeño pedazo de tierra pobre con solo ochenta y cuatro mil habitantes, me ha hecho recordar un detalle que no debí olvidar nunca. Las personas adultas somos eternos niños, por mucho que lo escondamos y disimulemos. Si no me cree, mire o recuerde la celebración del equipo pinero, con la rueda-rueda clásica y los brincos de los peloteros como si fueran niños de primaria jugando en el patio después de las 4 y 20. Niños de veintitantos y treintitantos años. Niños campeones.

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