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Golazo de media volea que hace Zizou del Real Madrid al Bayern Leverkusen en la Final de la Liga de Campeones del 2002. Michael Ballack, jovencísimo, observa la genialidad.

Hacer un gol es el momento más importante de un partido de fútbol. Puede notarse, si se quiere, y si no es tu equipo el que está jugando, la expresión primitiva de ansiedad, alegría, dolor o rabia que adquieren los asistentes al estadio (o los espectadores televisivos) cuando el balón pasa la línea de la portería rival, o propia, y sube el marcador en la pizarra electrónica.

Es en este momento cuando se resume en un instante casi orgásmico, todo lo que se ha conservado de esa mezcla bárbara y civilizatoria que nos legaron los maestros griegos y romanos acerca del espectáculo deportivo. Es una reacción que la modernidad no ha podido tocar, sencillamente, porque apela a ese deseo salvaje de expresar sentimientos que tiene el ser humano por naturaleza.

Si me explico mejor, es el momento en el que el más perfecto y flemático Sire británico salta de su noble asiento en el palco VIP y hace un gesto fálico de puño cerrado y firme, que rápidamente reprime, porque como ya dijimos, es el más perfecto y flemático Sire británico.

En términos cubanos podríamos compararlo con un jonrón, un jonrón kilométrico en el partido final de un play off entre Industriales y Santiago o entre los Los Yanquees y los Red Sox, quizás, pero no sé, algo no me sabe bien en esa comparación.

Es probable que sea un hereje, pero a mí, un gol bien hecho, me parece más bonito que un jonrón, quizás por la dificultad, quizás porque a mí me gusta más el fútbol que el béisbol, quizás porque me da la gana, pero realmente esa nunca ha sido una buena justificación.

El gol es un fetichismo, quizás mercantil, quizás no, pero es un fetichismo al que la humanidad se rinde con tanto placer que es admirable observar sus niveles de sumisión.  Es un fetichismo subyugador, como las bellas mujeres, por las que a veces quieres reprimir por orgullo tus deseos inmorales, pero al final te rindes, porque es imposible dejar de mirar la perfección de sus formas o la claridad de sus ojos.

El gol es un instante sublime, más si es de tu equipo, más si es a un rival odiado, más si lo hace tu ídolo, es un instante en que se funden tantas cosas tan irracionales, y al mismo tiempo tan humanas, que sería imposible describirlas…porque, simplemente, es mejor presenciarlas.

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