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Su-coherencia

“De todos los oficios terrestres, el violento oficio de escribir era el que más me convenía.”
Rodolfo Walsh

“¿Qué hace que una persona sea quien es?
No la música o el ripio de sus palabras,
no las líneas del cuerpo, nada que esté a la vista.
Tomás Eloy Martínez

“ !!! Dejá de pensar en eso!!!!Dejá de pensar!!!
Luis Puenzo

Por: Darío Alejandro Escobar

La Historia de América Latina es una historia de sufrimiento, de sueño y utopía. Cada día que pasa me convenzo más. Esta semana de un tirón me he leído Purgatorio de Tomás Eloy Martínez, El violento oficio de escribir–una selección de textos periodísticos- de Rodolfo Walsh y he visto el filme La historia oficial de Luis Puenzo. Los tres textos –dos literarios y otro audiovisual- tienen algo en común. Tratan sobre la situación de la Argentina dictadura.  El consumo de estos materiales no fue premeditado, sino, al contrario, por motivos de azar. Pero el azar siempre nos sorprende.

La revelación de los sucesos dictatoriales argentinos, no importa lo ficcionados que estén, son de una crueldad atroz. De la gente de mi edad que conozco nos ha llegado realmente muy poco de los testimonios sudamericanos del siglo XX en cuestiones de dictadura. Y lo que llega lo hace como algo lejano en el tiempo, difícil de comprender. A veces nos traen algo, un documental, una charla, pero casi siempre desde el lado del afectado, del sufrido, pero demasiado parcial, tristemente encartonado. Es lógico.

El primer texto que me sensibilizó sobre la dictadura argentina fue la novela de Manuel Puig “El beso de la mujer araña”. Me pareció genial la forma en que el autor construye las voces de personajes aparentemente opuestos y al final tan cercanos. Esa es para mí, la mejor literatura política, el mejor arte político. Tiene que ser profundamente humano, arte, para ser profundamente político.

De más está decir que creo en el arte político. Más allá de lo que opinen muchos, incluido Padura, a quien admiro. Sin embargo considero que el arte, e incluyo el periodismo, tiene que ser profundo, abarcador y al mismo tiempo personal. Así como en Conversación en la Catedral.

Pero lo interesante de estos relatos sobre la dictadura es que no están narrados solo desde las voces maltratadas físicamente, o desde las voces de los “subversivos” o los del exilio, sino desde esa otra represión, la de las estructuras mentales, la de la ignorancia –escogida o no-, desde la pasividad, desde el culpable consentimiento.

A estos autores, y no exceptúo a Walsh, les interesa mostrar la otra cara de la represión. La de de los burgueses, o las clases medias que prefirieron mirar a otro lado por miedo, por desidia o cualquier otra razón. Son también culpables, entiéndase que no quiero tirarles la toalla. Pero es notable como los autores prefieren recrear la otra psicología de la dictadura. Eso me parece, de verdad, encomiable. Desde hace un tiempo atrás huyo de las visiones parciales de los sucesos. Es un engaño también. La prensa, la literatura política de izquierda tiene mucho de eso. Sucede que como siempre ha estado a la defensiva solo tiene espacio, tiempo, y energía para el contradiscurso parcial, el de respuesta, el necesario, pero insuficiente. En Cuba esto es un cáncer.

Creo que a estas obras de arte las enriquece mucho los acercamientos a las realidades personales. Más, mucho más, cuando se tratan de procesos como dictaduras, revoluciones y conflictos muy polarizados. A mi generación, inclusive a la precedente, le interesa llenar esas psicologías de historia. Las del otro. Las del que se jodió aunque haya sido por los motivos más justos y altruistas del mundo. Carecemos de eso. Quiero avanzar por ahí. Veremos si lo consigo.

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