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Bladimir Zamora y Sindo Garay

BAUTIZO

A las cinco y media, no te demores, me dijo, hoy voy a empezar temprano. Lo vi irse con su andar pausado, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Tenía el pelo blanco, rizo, un poco despelusado; estaba gordo, parecía Carlos Marx caminando por la calles de la Habana Vieja. Habíamos pasado la tarde en la redacción de la revista. Hablamos de literatura. Le conté de mis inclinaciones a la narrativa, el ensayo. ¿Y la poesía?, me preguntó. Blado, la poesía y yo no nos llevamos muy bien. Pues tienes que leer poesía, sentenció. Sacó un libro viejo, me lo enseñó: Mira, esta es una edición príncipe de Juan Clemente Zenea, ¿has leído a Zenea? No, le respondí. Tienes que leer poesía, me advirtió con un tono más áspero. En aquellos tiempos yo todavía le temía, aunque él me demostrara deferencia. Había que hilar fino cuando uno estaba a su lado. Llegué pasada la hora, comenzaba a caer un aguacero infernal. Él estaba allí con Fide, su escudero, y con Ihosvany Bernal. No había mucha gente más. Luego apareció Juan Carlos Pérez, empapado. Al principio yo ni hablaba, pero después que me brindaron un trago de ron empecé a soltarme. Un poco. Solo un poco. Allí se discute y se canta con pasión, no importa la edad y el rango. El Blado no hablaba mucho. Llevaba casi un año sobrio. Lucía algo disgustado porque la lluvia le hubiera aguado la peña. Aunque de vez en cuando soltaba uno de sus bocadillos. Yo me sentía feliz. De a poco fue subiendo la temperatura de la discusión y las canciones. Ihosbany y Fide sobre si Pablo Milanés y Joan Manuel Serrat. Se gritaban como si discutieran de pelota. Me encanta este ambiente. Es la universidad después de la universidad. Se acabó la primera botella de ron. Yo contento. En un momento Blado sale del local. Pensé que iba al baño. Tenía la “orden caimanera” de vigilarlo por si necesitaba cualquier ayuda pues sus rodillas a veces no le respondían bien. A los cinco minutos entra. Botella de ron en mano. Todos palidecen, nadie dice nada. Camina hasta la mesa. Abre la botella lentamente. Una voz, creo que Fide, en un murmullo, casi de súplica, Blado. Él no mira a nadie. Ni a Fidelito. Solo a la botella. Termina de abrirla y sirve un trago en un vaso. Todos piensan que será un día fatal, sube el vaso con ron… Y me lo ofrece: Toma, que aquí lo que hay es que beber ron y ser revolucionario. Yo agarro el trago y me mojo los labios. El resto respira aliviado. Blado se ríe. Ihosbany ríe tímidamente. Juan Carlos dice: Blado, coño no jodas. Yo quiero me trague la tierra ahí mismo. Seguimos tomando. Esa noche salimos borrachos de allí. Yo el primero. Todos menos el Blado. Casi me caía, no podía ni conmigo mismo. Y si la idea era que ayudara yo al Blado pues, al revés, él me cargó, me arrastró, no sé cómo, hasta La Gaveta. Desperté en la mañana con la resaca más fuerte de mi vida. Sobre una colchoneta. Alzo la vista, Obras Completas de José Martí, tomo IX. ¿Dónde estoy? Ay, mi madre, qué clase de pena. Me levanto de un salto. Es la casa de Bladimir, en la pieza de abajo, no sé qué hacer, siento una vergüenza del carajo. Me decido y subo las escaleras. Él duerme, no quiero despertarlo, pero no sé como salir. Blado, balbuceo, Blado. Dime mijo, se levanta. No sé para donde mirar, Blado lo siento, compadre. Se ríe, no te preocupes mijo. Ábreme la puerta para irme y que puedas seguir durmiendo, perdóname de nuevo Blado. Se vuelve a reír. Baja trabajosamente por la escalera, abre la puerta y la reja. Salgo. Blado, qué pena. Mijo…, me mira y parece el abuelito cariñoso que nunca he tenido. Le beso la mejilla, lo abrazo. Nos despedimos. Y casi cuando estoy a punto de desaparecer, suelta la frase más importante de mis últimos tiempos. Mijo, bienvenido al Caimán. Y cerró la puerta.

COFRADÍA

Fidel Diás Castro en La peña Trovando del Caimán Barbudo.

Somos pocos. El trovador sube al pequeño escenario y canta su primera canción. Hoy es día de recuento, dice. Solo siete personas en el local. Un señor cincuentenario de pulóver de rayas y ceño fruncido, que toma de su cerveza lentamente y como si fuera a acabarla de un solo trago. Lleva espejuelos que le dan aire profesional. Dos mesas más allá, una mujer impaciente que espera a su amante. Una mujer segura de sí misma, bella en su madurez y que no le teme a la soledad cuando es reparadora. Más cerca, dos jóvenes no habituales, de los que caen de cuando en cuando, también beben cerveza, llevan una laptop y la ponen sobre la mesa. No parecen sorprendidos del espectáculo. Creo que son pareja pero no puedo asegurarlo. Quizás él vino a cantar, o ella, no lo sabemos todavía. En mi mesa hay tres jóvenes trovadores y un veterano. Uno de ellos, negro, alto, bien formado, que necesita lanzar su carrera lo antes posible. Es talentoso pero necesita un buen productor. El otro es casi un niño, un adolescente, pero mucho dará qué hablar en la trova de los próximos años si todo le sale bien. Tiene voz potente, buen timbre y canciones melancólicas con una tesitura de anciano que lo ha visto todo. Eso podría ser fatal o espectacular para él. Depende del destino. Ya sube. Truena y saluda. Canta. Sí, es bueno. Hace falta que no se caiga. Hay un ambiente bohemio aquí. De trova tradicional. De ron. Estoy algo misántropo por estos días y agradezco el momento. Se abre la puerta, dos extranjeros que se sientan. No sé cómo ven este tipo de gente la trova cubana bien hecha, tan alejada de estridencias. Ellos quizás acostumbrados a pensar en Cuba como rumba y cumbancha. Sin embargo, esta pareja de ancianos escucha atentamente. Pelos blancos y mirada firme al escenario, parecen dos témpanos de hielo sentados en sus sillas de metal. No puedo saber si les gusta. Me reprimo al instante, no debo ser superficial, los estereotipos son fatales. Quizás vienen huyéndole al ruido de la Habana a esta hora. El señor de los espejuelos no termina todavía su primera cerveza. El amante de la señora no acaba de llegar. Yo no puedo dejar de escribir en esta libreta vieja, de la época en que mis padres  eran estudiantes. Es algo irónico. Escribo hoy en la libreta, después de tanto tiempo y justo cuando me llega una laptop. Creo que me he desbloqueado. Sube otro trovador, canta una de Pablo Milanés. Lo hace muy bien. Me he dado cuenta que me falta alguien en esta sala. Es Joseíto, el sonidista. Mira que ese tipo tiene mala suerte, cuántas veces se habrán olvidado de él. Y justo es decirlo, sin él nada de estos sería posible ¿A cuánta gente ha visto cantar en este lugar? Cuántos anónimos o estrellas mediáticas. ¿A cuántos ha visto nacer artísticamente? Según conozco no pasa por un buen momento, su esposa no está bien de salud. Pero miércoles tras miércoles viene a la peña y lo tiene todo preparado. Está de más decir que no le sobra el tiempo. Incluso cuando la fiesta se extiende Joseíto no protesta, a veces arquea un poco las cejas. No creo que haga esto por deber. Hay algo más. Hoy no vino el Fide, Blado ya no está y el Joaco no ha llegado. Si tuviera que salvar una canción ahora mismo, sería esta. “Ojos más ligeros”, de Sindo Garay, dice el anfitrión y canta. El ron de la botella tarda en bajar hoy. Somos pocos. La peña Trovando del Caimán Barbudo. Raro que hoy haya tan poca gente pero lo agradezco. Ahora cantamos todos. El señor cincuentenario de espejuelos se empina todavía de la misma cerveza. Parece que ahora sí se le acaba. La señora aún espera por su amante. Hoy es día de trovadores. Hay peña.

HOMENAJE

Alberto Tosca en La peña Trovando del Caimán Barbudo.

No hizo falta mucho ruido. Esta vez llegaron temprano. La peña Trovando de El Caimán Barbudo fue el escenario perfecto para despedirlo. Fidelito presentó la fiesta, Ray Fernández leyó el epitafio y seguido anunció con tono amejicanado que “los trovadores ya tienen un patrono a venerar cuando estuvieran embarcados. O sea, como casi siempre”. Un patrono, nunca un santo. Bladimir Zamora fue cualquier cosa menos un santo. Un ángel sí. “El Ángel de la Trova”. Es el título de una canción dedicada por uno de sus últimos descubrimientos: Yunier Pérez. Ya empieza la trovada. Sube Yhosbany y canta “La Habana sabe amar”. Es un tema precioso. Sube Frank Delgado y trae sorpresas. Enseña en el televisor del local algunas fotos, hasta ahora inéditas, del Blado joven en su casa de Cauto del Paso. “Las escaneé hoy mismo”, dice. Se ve joven y alegre el Blado, no tan gruñón. Frank cuenta que Bladimir Zamora tenía una notable capacidad para inventar giras que coincidieran con efemérides y así asegurar la logística. Todo un estratega. Risas. Las fotos me dan nostalgia pero no quiero ponerme melancólico. Hoy el ron baja demasiado rápido. Debo apurarme. Sube Barbería, sube Ramón David y Rodney Howard, sube Marta Campos, sube un americano folk que parece un personaje de los hermanos Cohen, sube Josué Oliva, y sube un negro flaco, cansado, en camisas y espejuelos, pregunto quién es y me mandan a callar con un gesto. En un susurro me aclaran, es Alberto Tosca y, ahora sí, silencio, el tiempo se ralentiza. Todos, sin ponernos de acuerdo, callamos. Suena el primer verso de “Sembrando para ti”, no da tiempo al aplauso, sigue “Canción a un viejo trovador o “Paria” y cierra con “Fe”. Una joya. Hay bastante gente hoy. Tres generaciones y bastantes matices. Noche mágica. Poesía y música. Caimán en pleno y elixir abundante. Fidelito no para de ir de aquí para allá. En medio del caos, o del orden, como se quiera, un amigo no puede resistirse y rompe su abstinencia de más de dos años y se da un trago. No se arrepiente. No hoy, dice. Trovando ha cumplido siete años, Bladimir Zamora murió hace un mes. Yo no puedo dejar de sentir que el Blado está gruñendo, riendo y bebiendo, en una escondida esquina de la peña. Como un Ángel. Los trovadores jóvenes, los desconocidos, los poco conocidos, y los conocidísimos, desde aquí se lanzan al estrellato, o al vacío. Aquí vienen a estrenar canciones. Para ver cómo les va. Muchos van y vienen, alguno triunfa y queda. Nunca faltan.

Marta Campos en La peña Trovando del Caimán Barbudo.

EPITAFIO A BLADIMIR ZAMORA

Ya tiene un patrón beodo

Cada trovador cubano

Sea novel o veterano

Empine o no empine el codo

Este epitafio es un modo

De canonizar al poeta

Al incomprendido esteta

Al barco, al viejo truhán

Al crítico camaján

Al genio de la gaveta

Te refugiaste en la ciencia

Y te hartaste de pastilla

Dejaste la coronilla

Y te mato la abstinencia

Ya imagino tu impaciencia

En el cielo sin permiso

Me lo imagino y me erizo

Te conozco Bladimir

Fajao con Dios por abrir

Un bar en el Paraíso.

 Ray Fernández

 

Publicado en El Caimán Barbudo.

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