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Ciudad Post Guerra

Ciudad Post Guerra

A Carlos Varela, por Habáname.

Por: Darío Alejandro Escobar

La Habana vista desde los últimos pisos de un edificio muy alto -digamos el Hospital Hermanos Amejeiras- parece una ciudad triste y melancólica, suplicante. Nada más lejos de la verdad, y, al mismo tiempo, no existe una verdad más grande en este país.

La Habana vu du ciel cambia su estado de ánimo en dependencia de la ausencia o de la presencia del sol. De noche, es la ciudad de eterna juventud, de juerga ilimitada, de libertad carnavalesca y aventurera donde todo es posible. Donde todo se ve. La Habana es una ciudad vampira en el Caribe surrealista.

Sin embargo, hoy sufro a la Habana iluminada y calurosa, sucia, triste y bullanguera. De nuevos burgueses y viejos mendigos. Donde la única verdad segura es que todo es una incertidumbre constante. De esa Habana, vista desde el cielo, te cuento hoy, mi lector penitente y curioso.

Observar la Habana desde el piso diecisiete del Hospital Hermanos Amejeiras es un suplicio. Un suplicio estético. La Habana pide a gritos  que la veas, que la pintes, que le escribas, porque no puede seguir así, que se muere. La Habana te confiesa sus pecados de exceso y vida. Te cuenta que, pese a todo, ella no merece este castigo: el de parecer una ciudad de postguerra.

La Habana, vista desde el cielo, parece alguna ciudad europea de la Segunda Guerra Mundial, solo que aquellas hoy resplandecen de clasicismo y modernidad, y nuestra querida villa no pasa de algunos retoques en su casco histórico.

¿Qué tendrá que pasar para ver nuevos edificios elevarse, la limpieza en el barrio de Cayo Hueso, pintura duradera en las paredes? ¿Estaré alucinando de nuevo o es el efecto de la altura del piso diecisiete? Ya no sé ni lo que veo, ni lo que digo, pero sí lo que siento.

Los únicos amigos que le quedan a la ciudad son el sol y el mar. Son amigos crueles pero leales. No se concibe a la Habana sin ellos. Juntos han sobrevivido invasiones, desastres y han gozado alegrías y bellezas. Son cómplices de la soledad. Son eternos.

No mires a la ciudad desde las alturas del Vedado, no desde F y 3ra o algún otro edificio cómplice. Es una ilusión óptica, es justo lo que quieres ver. Es la nieta bastarda de esa Habana vista desde el Amejeiras, donde agonizan mi abuela y la ciudad, sin haber sabido qué hicieron mal. O mejor, míralas a las dos, tócalas, emborráchate con ellas. Acuéstate con esas dos Habanas. No son malas meretrices, al contrario, te darán placeres nunca sospechados por los cobardes formalistas. Placeres de lágrimas y sexo, de alcohol y poesía, de muerte y eternidad. Bébetelas y únete a su secta. No blasfemes.

La Habana es ese ser voluptuoso y andrógino que seduce al más lúcido y sabio de la Habana. No hay ser humano que se le resista. No hay hombre, no hay mujer. Ser sabio en esta ciudad es estar borracho todo el tiempo. No hay seres más devotos a la Habana que sus borrachos. Ellos, cual disciplinada tropa sibarita, se entregan a los callejones de la Habana como si no hubiera otra urbe en el planeta. Son miles los amantes celosos y fieles de la Habana que le hacen el amor cada noche. Hay un instante en la madrugada en el que, si eres perspicaz, escucharás los gemidos largos de la ciudad. No hay privilegio igual sobre la tierra que escuchar los orgasmos de esta ciudad. Esto la distingue, la separa de otras insulsas capitales.

¿Estará condenada la Habana a morir lentamente? ¿Será ese su destino? ¿Será ese nuestro destino? Me niego. Cantemos entonces. No nos queda más ¡Venga esa botella de ron!

Tomado de El Caimán Barbudo

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